miércoles, 11 de enero de 2017

RUTA POR CHINCHON



Ruta por Chinchón. Lagunas de Casasola y San Galindo. Mares de carrizo.

Uno de los ecosistemas más interesantes y productivos biológicamente del Sur madrileño son los carrizales. Situados en la cuenca baja de los ríos como el Jarama, Tajuña o Tajo, a los que se le unen algunos arroyos tributarios como el Arroyo Culebro, o también presentes en un rosario de humedales qué jalonan la zona Sur y Sureste de la Comunidad.
Los carrizales son importantes corredores ecológicos, pues algunos ríos o arroyos qué están en sus márgenes, cruzan zonas esteparias o muy urbanizadas donde la vegetación se reduce a la mínima expresión.
Como ejemplo a pequeña escala tenemos el Arroyo Culebro qué une el Parque de Polvoranca con el Parque Regional del Sureste, actuando como un bosque galería de pequeñas proporciones, atravesando áreas tan urbanizadas y pobladas como Leganés, Getafe y Pinto. A una escala mayor tenemos los carrizales de Aranjuez y de la Cuenca del Tajo, qué dan nombre a una ZEPA tan importante como “Carrizales y Sotos de Aranjuez”.
Los carrizales son clave para las aves migratorias en sus pasos, así como en la invernada. En estos ecosistemas, qué actúan como “mini bosques de galería” encontramos aves tan destacadas como escribano palustre, pechiazul, agachadiza chica, colirrojo real, carricerín cejudo, buscarla unicolor, carricero común y tordal, rascón, etc.
En la cuenca del río Tajuña, en el término municipal de Chinchón, encontramos las lagunas de Casasola y la de San Galindo o la Espadaña.
Entre ellas se encuentra un bosque de ribera flanqueando las márgenes del río Tajuña, en un buen estado de conservación
Se trata de dos humedales incluidos en el catálogo de embalses y zonas húmedas protegidas de la Comunidad de Madrid por Ley 7/1990 de 28 de Junio.
La laguna de Casasola es un extenso carrizal qué rodea una pequeña cubierta de agua dulce de carácter temporal. No cuenta con un gran número de especies de aves, pero es un importante dormidero para especies como grajillas occidentales, estorninos negros, escribanos trigueros y urracas.

(Laguna de Casasola en la cuenca del río Tajuña).

Se seca en verano y se recarga con las lluvias otoñales e invernales.
Es un carrizal de 2,56 hectáreas de extensión, la laguna tiene 1 metro de profundidad, y tiene un perímetro de protección de 5,6 hectáreas.
Junto a este humedal se encuentra el imponente castillo de Casasola. Una pequeña fortificación del siglo XV, qué corona un espectacular escarpe yesífero, dominando gran parte de la cuenca del Tajuña.
La laguna de San Galindo aparece en algunos mapas con el nombre de la Laguna de la Espadaña. La de San Galindo, la original, desapareció.
Es un afloramiento discontinuo del acuífero de la Vega del Tajuña. El carrizal ocupa 7,5 hectáreas contando sólo 1 hectárea con agua, y con 1 metro de profundidad.

(Laguna de San Galindo, en la cuenca del río Tajuña).

En el entorno de las lagunas encontramos una gran variedad de paisajes como cantiles de yeso, bosque de galería, zonas de cultivo de regadío, pequeñas huertas, frutales, olivares y vides. Esta diversidad de paisajes hace qué la avifauna sea rica y variada.

(Durante el camino a las lagunas de Casasola y San Galindo encontraremos gran variedad de paisajes como huertas, viñedos, olivares, cantiles yesíferos y bosques de ribera).

La ruta propuesta es una ruta lineal de ida y vuelta de 2 horas y 45 minutos de duración de dificultad baja, visitando la laguna de Casasola, el Castillo de Casasola, el río Tajuña, y la laguna de San Galindo.
Accesos a las lagunas de San Galindo y Casasola.

(Ruta lineal de ida y vuelta de 2 horas y 45 minutos de duración y dificultad baja por las lagunas de Casasola y San Galindo).

-En coche. Coger la A-4, salida 49 y luego la M-404. Pasado el pueblo de Titulcia, y posteriormente el río Tajuña tomaremos una pista de tierra denominada Camino de la Lagunilla. 52 minutos desde Madrid.
-En autobús. Coger la línea 337 Madrid (Conde de Casal)-Chinchón-Valdelaguna. Bajarse en la parada Urbanización las Cubillas. El Camino de La Lagunilla está muy cerca de la parada del autobús. 35 minutos desde Madrid. Desde la parada del autobús hay que andar unos 26 minutos hasta la primera laguna.
-En bicicleta. Desde la estación de Ciempozuelos a las lagunas. 44 minutos.
La ruta propuesta es una ruta lineal de ida y vuelta de 2 horas y 45 minutos de duración y de dificultad baja, visitando la Laguna de Casasola, el Castillo de Casasola, el río Tajuña, y la Laguna de San Galindo.
Este es el relato de una ruta qué realicé en Diciembre de 2016, recién comenzado el Invierno.
Finales de 2016. El año ornitológico iba tocando a su fin y para despedirlo qué mejor manera qué acercarse a algún humedal para intentar sumar las últimas especies.
El Camino de La Lagunilla qué me llevaría a los dos humedales partía muy cerca de la parada del autobús 337, qué me trajo desde Madrid. Al inicio del camino se podía ver un pequeño cartel de madera qué indicaba la dirección al Castillo de Casasola.
La tarde de aquel día era muy agradable. Apenas hacía frío y brillaba un sol radiante, qué cualquiera diría que habíamos estrenado hace poco el invierno. Había una pequeña bruma por encima del río Tajuña, y un pequeño velo de humo provocado por la quema de los sarmientos y los chupones de los olivos.
La primera especie qué sumé a la lista fueron dos tórtolas turcas posadas en un tendido eléctrico de la carretera.
El camino a las lagunas presentaba un buen firme y atravesaba numerosas huertas, olivares y viñedos. Según avanzaba por él, se me fueron atravesando primero un par de lavanderas blancas, y poco después algunas cogujadas comunes.
Las primeras formaciones de cantiles de yeso hicieron acto de presencia junto al margen derecho del camino, y de un barbecho cercano, volaron asustadas con mi presencia cinco perdices rojas.
Una pequeña finca vallada era rodeada por una hilera de chopos, y sobre ellas descansaban una buena bandada de palomas torcaces.

(Paloma torcaz, columba palumbus).

El flanco derecho del camino estaba ocupado por una franja de las mal llamadas “malas hierbas”, y allí se arremolinaban un bando mixto de pinzones vulgares y serines verdecillos, algunos de ellos posados en un árbol,  en busca de semillas.

(Serín verdecillo, serinus serinus).

Algunos ejemplares de árboles aislados salpicaban en paisaje de las huertas, y en uno de ellos se posó un vistoso macho de tarabilla europea. 

(Tarabilla europea, 

Justo después, en otro gran árbol, había una espectacular concentración de jilgueros, qué le daban a aquel árbol sin hojas un aspecto de los más colorido.

(Jilgueros, carduelis carduelis).

Según iba caminando, en las zonas de rastrojo pegada al camino, iban levantando gran cantidad de pardillos comunes.
Un buen rato después, tras haber abandonado la zona de huertas, el camino hacía un brusco giro hacia la derecha, quedando a la umbría de los cantiles de yeso. En aquella zona donde apenas daba el sol, la helada de la noche anterior aún se dejaba ver, y el camino por momentos parecía una pista de hielo, y tuve qué andar con mucho cuidado de no resbalarme.

(En las zonas de umbría de los cantiles yesíferos son frecuentes las heladas con abundante escarcha).

Pasada la zona de escarcha comencé a barrer con los prismáticos la zona de los cantiles, con poca fortuna, sólo sumé una urraca.
A pocos metros del camino ya se veía la gran formación de carrizo de la Laguna de Casasola. Comenzaron a entrar los primeros estorninos negros a sus dormideros de la laguna.
Llegué a la misma base de la laguna a ver si tenía agua, pero apenas se veía la lámina ya qué el carrizo en algunas tenía tanta altura qué apenas dejaba ver nada.
Al instante, mientras estaba mirando con los prismáticos se paró una furgoneta donde yo estaba y bajó un ornitólogo de Pinto, y nos pusimos a hablar de aves y de la zona del Parque del Sureste.
Mientras hablábamos, me señalo unos pájaros moscones qué se ocultaron raudos entre el carrizo. Después le tocó el turno a un cernícalo vulgar qué posado en una torreta eléctrica, voló justo antes de qué le pudiese echar una foto.
Tras una agradable conservación me despedí del ornitólogo pues yo iba con el tiempo justo para coger de vuelta el autobús a Madrid, y el decidió quedarse para ver como entraban las aves a sus dormideros según iba cayendo el sol.
Según iba avanzado hacia el río Tajuña, los cantiles se iban haciendo más altos, algunos de ellos con una belleza paisajística muy digna de fotografiar, y más aún, ya que comenzaba a atardecer y estos adoptaban un tono anaranjado. En uno de estos imponentes cantiles se encontraba el Castillo de Casasola, en una ubicación casi imposible, en lo alto de un espectacular cantil, qué parecía caerse, desafiando a la ley de la gravedad.

(Castillo de Casasola del siglo XV).

Como iba con el tiempo justo, decidí intentar verlo a la vuelta de la Laguna de San Galindo.
En el tramo hasta el puente qué cruzaba el río Tajuña sumé tres especies más: herrerillo común, curruca cabecinegra y carbonero común.

(Carbonero común, parus major).

Nada más cruzar el puente sobre el río, se me cruzó a escasos metros a toda velocidad un mirlo común. Tras este, en un chopo, varios inquietos mitos jugaban a perseguirse, despreocupados ante mi presencia.
Cruzando al puente, me detuvo un instante a contemplar el magnífico bosque de ribera qué ocupaba ambas márgenes del río. Un verdadero oasis de biodiversidad, en una zona tan cultivada. Además, la formación de cantiles qué lo rodeaba, le aportaba si cabe, aún más, una belleza paisajística sin igual.

(Cantiles yesíferos y bosque de ribera en el río Tajuña).

Deleitándome con el color anaranjado de los cantiles con la caída del sol, sobre ellos pasó volando una hembra de aguilucho lagunero occidental  camino de su dormidero a la Laguna de San Galindo.
Tras dejar atrás el río Tajuña, a escasos metros una pequeña arboleda con árboles de gran porte, rodeaba una vasta formación de carrizo. Según me fui acercando pude ver el cartel de información  de la Laguna de San Galindo. Como en la de Casasola, el carrizo estaba muy alto, y apenas había rastro de la lámina de agua.

(Cartel informativo a la entrada de la laguna de San Galindo).

En un árbol junto al camino qué rodea el carrizal, había un gran dormidero de pardillos comunes apurando los últimos rayo de sol para calentarse.

(Concentración de pardillos comunes, carduelis cannabina).

Comenzaron a entrar multitud de escribanos trigueros a sus dormideros de dentro del carrizal. El espectáculo era de lo más interesante, pero el tiempo me apremiaba, así que comencé a acelerar el paso, si no me quería quedar sin luz.
Antes de llegar a la carretera de subida al castillo, vi en un árbol de una huerta cercana, un petirrojo europeo.

(Petirrojo europeo, erithacus rubecula).

La carretera de subida al castillo estaba flanqueada por una formación de cipreses y pinos, donde pude ver un pequeño bando de gorriones comunes.
Como el castillo es privado decidí no subir hasta su entrada, y me quedé en la parte baja, donde el pinar, a ver si con un poco de fortuna podría ver algún búho chico. Una vez más no hubo suerte, así que decidí hacer una última parada en la Laguna de Casasola.
Comenzaron a aparecer espectaculares bandada de grajillas occidentales de camino a los dormideros de la laguna. El espectáculo de era de un gran atractivo visual, con unas nubes de aves, qué coordinaban el movimiento de la nube como si de un ballet se tratara. Allí estuve un rato, deleitándome, antes de dar el último acelerón hasta la parada del autobús.

(Grajillas occidentales, corvus monedula).

El canto del búho real se comenzaba a dejar oír en los cantiles pegados al camino. Eso me recordaba qué ya comenzaba su celo en estas frías noches de Diciembre. Rastreé con los prismáticos sin éxito. Pero como recompensa, el Valle del Tajuña me ofreció un bonito atardecer desde la Laguna de Casasola, qué cerraba esta jornada tan interesante.

(Atardecer en la laguna de Casasola).

¡A qué esperáis para coger vuestros prismáticos y la cámara de fotos, y disfrutar de una jornada pajarera en este lugar tan interesante!
¡Felices avistamientos!
© Rafa Ac.
Concluyo el relato añadiendo la lista de especies avistadas durante la ruta.

FAUNA DE LAS LAGUNAS DE CASASOLA Y SAN GALINDO
AVES
Aguilucho lagunero occidental
Carbonero común
Cogujada común
Curruca cabecinegra
Escribano triguero
Estornino negro
Grajilla occidental
Herrerillo común
Jilguero
Lavandera blanca
Mirlo común
Mito
Pájaro moscón
Paloma torcaz
Pardillo común
Perdiz roja
Petirrojo europeo
Pinzón vulgar
Serín verdecillo
Tarabilla europea
Tórtola turca
Urraca




martes, 20 de diciembre de 2016

RUTA POR CIEMPOZUELOS

RUTA POR CIEMPOZUELOS

Ruta por Ciempozuelos. Arroyo Palomero y Cerros de Peñuela, Palomero y Legaña.. Cerros con mucha historia.

Siempre qué he viajado en tren a Aranjuez, o en coche por la A-4 después de Seseña, en la parte derecha de las vías del tren o la autovía, se alzan majestuosos una serie de cerros yesíferos de gran valor paisajístico y geológico. Cerros qué para mucha gente suelen ser inhóspitos, carentes de vida, sin apenas vegetación arbórea, pero con una vegetación arbustiva de lo más singular, con algunas especies en peligro de extinción e incluso alguna de ellas endémicas.
Siempre he sido partidario de la opinión de qué los paisajes esteparios han sido paisajes denostados por gran parte del público. Se han presentado como zonas casi desérticas, carentes de vida y con canon de belleza muy alejado de otros paisajes más atractivos por la mayoría de la gente como los bosques de alta montaña, o las dehesas mediterráneas.
La realidad nos demuestra qué lo cerros yesíferos del Parque del Sureste son una joya paisajística, geológica y faunística.  En concreto los cerros de Peñuela, Palomero y Legaña, situados en la zona sur del municipio de Ciempozuelos, y dentro del Parque Regional del Sureste, constituyen un verdadero laboratorio natural para las especies esteparias, tanto de flora como de fauna.
Estos cerros carecen prácticamente de árboles, salvedad hecha a algunos pequeños bosquetes de tarayes, allí donde algunos arroyos qué surcan los cerros, aportan algo de humedad, así como pequeños reductos de olivares en la falda de los cerros.

(Olivar en el Cerro Palomero).
La flora es principalmente gipsófila, esto es, adaptada a los suelos de yesos. En un entorno tan salino y suelos tan pobres vamos a encontrar numerosos arbustos como 
ontinas, sisallos, romeros, jabunas, retamas, gayombas, y grandes formaciones de esparto, junto a cardos y numerosas especies de gramíneas. En Primavera la floración de estas especies es toda una explosión de colorido.
La fauna no le va a la zaga. Estos cerros son el hábitat de especies de aves tan interesantes como el búho real, mochuelo europeo, chova piquirroja, halcón peregrino, críalo, cernícalo primilla, cogujada montesina, grajillas, o collalbas negras. Podremos toparnos con algún mamífero como conejos, zorros comunes, y otros más esquivos como ginetas, o garduñas.
En cuanto a los reptiles, merodearán por estos cerros culebras bastardas, culebras de escalera, lagartos ocelados o lagartijas cenicientas.
Este espacio natural es atravesado por el Arroyo Palomero qué nace en las cercanías del área recreativa del mismo nombre, y está flanqueado por un extenso carrizal qué hace de corredor ecológico entre los cerros y el valle del bajo Jarama.
Estos cerros tampoco han pasado desapercibido por el hombre, y muestra de ello son los restos del periodo del Neolítico qué se han encontrado en ellos, de cerámica campaniforme, el yacimiento de las Salinas de Espartinas de la época romana, o más recientes restos de la Guerra Civil.
La ruta propuesta es una ruta circular de 3 horas de duración, visitando el casco urbano de Ciempozuelos, el parque urbano de Los Abogados de Atocha, el área recreativa del Arroyo Palomero, y los cerros de Peñuela, Palomero y Legaña.
El grado de dificultad es medio debido a que a veces tendremos qué salvar importantes pendientes a la hora de subir a los cerros.

(Ruta circular de 3 horas de duración y dificultad media por el Arroyo Palomero y los Cerros de Legaña, Peñuela y Palomero).
Tendremos precaución, ya qué parte del recorrido pasa cerca de un coto de caza y estaremos atentos por si hay alguna batida.
Accesos a Ciempozuelos:
-En coche. Autovía A-4. Salida 29. Luego tomar la M-404 dirección Titulcia, hasta la Calle Cruz Verde. 39 minutos desde Madrid.
-Autobús. Línea 426 Madrid (Legazpi)-Ciempozuelos. 45 minutos desde Madrid. Bajarse en la Calle Consuelo y luego andar 5 minutos hasta la Calle Cruz Verde.
-Cercanías. Línea C-3 Madrid-Aranjuez. Luego andar 17 minutos desde la estación hasta el parque Los Abogados de Atocha.
-En bicicleta. Desde la estación de cercanías. La ruta es ideal para hacerla en bicicleta de montaña, y se puede realizar en unos 40 minutos.
Este es el relato qué realicé de una ruta a mediados del mes de Diciembre de 2016, a finales de Otoño.
Tras un viaje muy entretenido en tren de cercanías, deleitándome con los sorprendentes paisajes del Espartal de Valdemoro a través de la ventanilla del tren, llegué a Ciempozuelos qué me recibió con una tarde gélida de Otoño. El cielo estaba muy encapotado, y con un frío qué helaba hasta los huesos.
En breve me puse remontar las pronunciadas cuestas qué hay desde la estación de tren al centro del pueblo. Mientras disfrutaba de las típicas casas de pueblo encaladas qué tanto me gustan, y qué afortunadamente aún quedan en muchas zonas del pueblo.

(El casco urbano de Ciempozuelos aún conserva edificaciones con ese antiguo encanto a pueblo ganadero y agrícola).
Muchas de estas casas aún cuentan con un coqueto huerto o jardín qué hace las delicias de las aves.
La primera especie de la lista fue una tórtola turca, seguramente procedente de la gran colonia qué se ha formado en la fábrica de piensos anexa a la estación de cercanías.

(Tórtola turca, streptopelia decaocto).
En un descampado cercano, con abundante hierba, jugueteaban a perseguirse tres lavanderas blancas.
Callejeando por las calles de vez en cuando echaba un ojo a los huertos de las casas bajas y ahí anoté dos más para la lista, gorrión común y estornino negro.
Tras 20 minutos de un agradable paseo llegué al parque Abogados de Atocha, y allí vi un cartel de vía pecuaria qué me indicaba el comienzo de la ruta.
En el pequeño y agradable parquecillo, en una zona de césped, un avispado macho de mirlo común se estaba dando un buen festín con las lombrices qué iba encontrando.

(Mirlo común, turdus merula).
En un olmo de Siberia cercano, había posado un pequeño grupo de serines verdecillos identificados por su melodioso canto.

(Serines verdecillos, serinus serinus).
Tomé la vía pecuaria flanqueada por una repoblación de pinos carrascos. Comencé a oír en el ambiente un familiar trompeteo. Al principio estaba muy confundido pues miraba directamente a las nubes y no veía nada. Me resultaba raro pensar qué se tratasen de grullas comunes por las fechas en la que nos encontrábamos, a sólo una semana del día de Navidad. Pero minutos después el trompeteo se hizo más fuerte y pude ver en lo más alto de las nubes qué efectivamente se trataba de un pequeño grupo de 32 grullas comunes.
Comenzaron a volar en círculo para posteriormente adoptar su famosa formación en uve y volar en dirección Sur hacia el Valle del Tajo.

(Grullas comunes, grus grus).
No podía empezar mejor la ruta y prometía una lista variada de aves.
Seguí caminando por la vía pecuaria, qué presentaba mucho barro y algunos charcos de las pasadas lluvias. A ambos lados de esta, se extendían campos de cereales y barbechos con una bonita variedad cromática, qué me recordaban a mi querida comarca esteparia de La Serena en Badajoz, de donde es mi familia.
En uno de los pinos carrascos de repoblación un colirrojo tizón subía y bajaba de manera nerviosa del tronco al suelo. Junto a él apareció una hembra de tarabilla europea.
Poco a poco iba dejando atrás el casco urbano de Ciempozuelos. A mis espaldas se perfilaba a lo lejos una magnífica estampa del Sistema Central cubierto de nieve, y a mi derecha el famoso cerro del vertedero de Seseña, qué afortunadamente casi había perdido su color negro por la acumulación de neumáticos.
El camino iba poco a poco descendiendo a la altura de una explotación ganadera qué parecía abandonada.
A lo lejos volaban con mucha velocidad un grupo de aves de gran envergadura. Por un momento pensé que otra vez eran las grullas,  pero no oía sus trompeteos. Cuando ya las tenía a pocos metros de mi campo de visión, pude comprobar qué se trataban de cigüeñas blancas.

(Cigüeñas blancas, ciconia ciconia).
Tras estas, apareció otra formación en uve, pero esta vez era el turno de las gaviotas reidoras, seguramente procedentes del cercano vertedero de Pinto.

(Gaviotas reidoras, chroicocephalus ridibundus).
Al girar una curva, vi un contenedor amarillo de reciclaje de envases, lo que indicaba que ya había llegado al área recreativa.
Allí al fondo, había unos cuantos bancos de madera, junto a algunos pinos, algarrobos y olmos y una gran formación de juncos churreros qué delataban la presencia del arroyo Palomero.

(Área recreativa del Arroyo Palomero en Ciempozuelos).
El área recreativa estaba muy cuidada, cosa qué agradecí pues me había encontrado algunos en muy mal estado de conservación.
Al acercarme al arroyo espanté de los juncos cercanos unos cuantos jilgueros.
En lo alto de un chopo vi unos cuantos fringílidos. Cuando los pude observar con los prismáticos puede comprobar qué se trataban de verderones comunes.
Comencé a oír uno graznidos procedentes de una torreta eléctrica. Pensé qué se trataban de grajillas, pero cuando las apunté con los prismáticos me llevé una buena sorpresa al ver qué se trataban de chovas piquirrojas.

(Chova piquirroja, pyrrhocorax pyrrhocorax)
Rodeé el arroyo para coger un camino qué subía al cerro de su margen derecha. Las vistas eran fastuosas. Desde allí había una espléndida panorámica, a modo de fotografía aérea, del pequeño valle qué hacía el arroyo en su camino en busca del río Jarama. El paisaje era cautivador, y en algunos momentos parecía qué te encontrabas en alguno de los desiertos del salvaje Oeste americano de los que soy muy fan.
Tenía una buena panorámica del pueblo de Titulcia y parte de Chinchón, e incluso de tierras toledanas con las famosas antenas de Ocaña, y las estribaciones de los Montes de Toledo.
La vía pecuaria discurría entre una finca ganadera y una zona de olivar. La sensación de soledad y calma de aquellos paisajes de estepa eran de una paz total, y aquella zona tan poco transitada hacía qué la fauna se mostrase menos esquiva de ver.

(Cerros de Palomero y la Peñuela. Al fondo el Valle del Jarama).
Volví a ver un pequeño grupo de chovas piquirrojas en una empalizada, y después un cernícalo vulgar y una urraca.
Como quería bajar por todo el valle del arroyo y recorrer el cerro de su margen izquierda, decidí desandar el camino y volver a su nacimiento, ya qué en menos de 2 horas me quedaría sin luz.
El camino en pocos metros pasaba de convertirse de una amplia pista a una pequeña vereda casi comida literalmente por una formación de esparto, qué en algunas zonas presentaba gran altura.
El descenso por el valle del arroyo me volvía a brindar magníficas vistas de los cerros yesíferos. A un lado los cerros y al otro una gran formación de carrizo en el cauce del arroyo.
Oteaba los riscos de los cerros, pues ya que con la caída del sol se irían animando los búhos reales y algún mochuelo. Esta vez no hubo suerte y me tuve que conformar con unas cuantas grajillas occidentales. Poco después le tocó el turno a dos abubillas.
Con la caída del sol los primeros paseriformes comenzaban a concentrarse en el carrizal del Arroyo de Palomero para usarlo como dormidero. Así puede ver qué los primeros inquilinos eran los gorriones morunos.
El espartal era tan tupido que a escasos metros de la vereda por la que transitaba asusté a dos cogujadas comunes qué levantaron el vuelo a escasos metros de haberlas pisado.
Tras varios minutos de caminata esquivando las ramas de los espartos, llegué a un camino asfaltado qué cruzaba las vías del tren. Desde allí había una buena panorámica del Valle del Jarama.
La falda del cerro terminaba en un pequeño olivar y zona de zona de reses bravas.
Decidí volver a subir el cerro por una vía pecuaria en vez tomar la pista asfaltada. La vía pecuaria presentaba una fuerte pendiente, así que coronar la cima del cerro me iba a suponer unos minutos de esfuerzo.
Al llegar a la cima me recibió una juguetona curruca cabecinegra, qué se ocultaba nerviosa detrás de una ontina.
Majestuosas vistas las qué se veían desde el Cerro de la Peñuela, empezando de Sur a Norte, estribaciones de los Montes de Toledo, Mesa de Ocaña, Aranjuez, Titulcia, Valle del Tajuña, Valle del Jarama, Soto Gutiérrez, e incluso del Cerro Gurugú de Alcalá de Henares.

(Vistas de los valles del Jarama y Tajo desde el Cerro de la Peñuela).
El sol ya se ponía por el Oeste de Seseña, y ya me quedaban pocos minutos de luz. Aproveché para echar un ojo a un pinar de repoblación de pino carrasco por si por esos azares de la vida viese un búho chico. Y como de costumbre me quedé con la miel en los labios.
Un cerro cercano estaba literalmente agujereado por las madrigueras de conejos, qué desafiaban a la ley de la gravedad persiguiéndose por pendientes muy pronunciadas.

(Conejo, oryctolagus cuniculus).
El camino qué seguía descendía a las vías del tren y luego tenía qué subir una gran pendiente para llegar a las primeras casas del casco urbano.
En lo alto de la tapia de una casa había dos sombras qué hacían equilibrios imposibles. Pensé qué se trataban de tórtolas turcas, pero ya casi sin luz y gracias a los prismáticos pude identificar a dos perdices rojas en una pose de lo más cómico.
Llegué a una urbanización y ya era noche cerrada, así que decidí dar por concluida la ruta. Ya sólo me quedaba caminar unos 20 minutos para tomar el tren de vuelta a Madrid.
¡A qué esperáis para colgaros la cámara de fotos y los prismáticos, y calzaros las botas, y disfrutar de este espacio tan interesante!
¡Felices avistamientos!
© Rafa Ac.
Concluyo el relato con la ya tradicional lista de especies avistadas.

FAUNA DEL ARROYO PALOMERO Y CERROS DE CIEMPOZUELOS
AVES
MAMÍFEROS
Abubilla
Conejo
Cernícalo vulgar
Chova piquirroja
Cigüeña blanca
Cogujada común
Colirrojo tizón
Estornino negro
Gaviota reidora
Gorrión común
Gorrión moruno
Grajilla occidental
Grulla común
Jilguero
Lavandera blanca
Mirlo común
Serín verdecillo
Tarabilla europea
Tórtola turca
Urraca
Verderón común