jueves, 26 de mayo de 2016

RUTA POR BATRES

RUTA POR BATRES
RUTA POR EL MONTE DE BATRES

Monte de Batres. La casa del águila imperial.
La Comunidad de Madrid cuenta con el privilegio de ser uno de los últimos refugios de una de nuestras joyas faunísticas, el águila imperial ibérica. Una majestuosa ave de presa, reina de los ecosistemas mediterráneos y qué entre la década de los 60 y 70 rozó la línea de la extinción.

(Águila imperial ibérica, aquila adalberti, en el Monte de Batres).

A partir de este punto de inflexión, gracias al magnífico esfuerzo de unos pocos iluminados conservacionistas, luchando contra la mentalidad de la época en donde todo depredador era considerado como alimaña a erradicar, nuestra querida rapaz poco a poco comenzó a remontar el vuelo. Desde  aquella oscura época, hasta nuestro días, ha tenido qué esquivar numerosas amenazadas qué han podido dar al traste con sus programas de conservación. A la caza sistemática qué se la sometió, le siguió el uso de veneno, los tendidos eléctricos, el expolio de nidos, y las epidemias de mixomatosis y neumonía vírica hemorrágica qué diezmaron las poblaciones de conejos, presa clave en la alimentación de nuestra águila.
Actualmente la Península Ibérica cuenta con 400 parejas aproximadamente y si las medidas de conservación no se relajan, nuestra joya alada va camino de cambiar de estatus de protección de especie en peligro de extinción a vulnerable.
La Comunidad de Madrid cuenta con la esperanzadora cifra de 55 parejas, lo que supone el 12% de la población mundial. Las zonas donde se distribuye son las siguientes: ZEPA Alto Valle del Lozoya, ZEPA del Monte del Pardo y Soto de Viñuelas, ZEPA Encinares del Alberche y río Cofio, ZEPA Llanuras cerealistas del Jarama y Henares y Parque Regional del Guadarrama.
Dentro del Parque Regional del Guadarrama podemos encontrar entre 3-4 parejas. Este espacio protegido es un importante corredor ecológico qué de Norte a Sur, une los espacios naturales de la Sierra del Guadarrama, el Valle del Tajo y las estribaciones de los Montes de Toledo, lugares donde habita o se la puede ver en dispersión.
En el Parque Regional del Guadarrama cabe destacar la zona protegida del Monte de Batres. Un pintoresco monte-isla de 500 hectáreas, qué resalta sobre el cauce del Guadarrama. Una gran mancha de monte mediterráneo compuesto fundamentalmente por encinas, retamas y otras especies mediterráneas, y qué cuenta con la máxima figura de protección. Todo el monte es privado, compuesto por numerosas fincas. En él también encontramos una curiosidad geológica, como es la impresionante cárcava del Arenal, qué hará las delicias de los apasionados de esta ciencia. También cuenta con un bosque de ribera en buen estado de conservación, situado en la margen izquierda del río Guadarrama.

(Vía pecuaria en el Monte de Batres).

La ruta propuesta es una ruta circular con salida y fin en la Calle del Águila en la carretera M-404. La duración aproximada es de 2 horas y 30 minutos, y es de dificultad media. Aunque tenemos una pequeña pendiente hasta la subida a la cima del monte, luego el camino es todo bajada hasta el río Guadarrama.
Accesos al Monte de Batres.

(Ruta circular por el Monte de Batres de 2 horas y 30 minutos de duración, de dificultad media).

-En coche. Coger la A-42 Madrid-Toledo hasta la salida 27. Desde Torrejón de la Calzada tomar la M-404, y pasada una rotonda cuando estemos en Batres, al cruzar un puente sobre un arroyo, nos encontraremos una pista forestal señalizada a la entrada del monte. 40 minutos desde Madrid.
-En autobús. Línea 460. Madrid-Parla-Batres. Desde el intercambiador de Plaza Elíptica. 1 hora aproximada desde Madrid. Luego desde el pueblo tendremos qué andar por una pista qué bordea el Arroyo del Sotillo para llegar a la entrada del monte. Desde el pueblo a la subida al monte hay unos 40 minutos andando.
-En bicicleta. Desde la estación de Móstoles el Soto, se puede tomar parte de la Vía Verde del Guadarrama, y una vez llegado al río, seguir un camino en sentido sur hasta el monte.
Este es el relato de una excursión qué realicé con mi compañero Alberto en el pasado mes de Marzo. Agradecer su inestimable ayuda en esta ruta, así como su colaboración con algunas fotos qué ilustran esta entrada del blog.
Era una tarde de finales del mes de Febrero. El día estaba despejado, pero corría algo de viento. Ya se comenzaba a respirar por doquier la cercana primavera. La pista qué nos llevaría a la cima del cerro estaba señalizada con carteles del Parque Regional del Guadarrama, y mojones con las rutas qué se podían hacer en él. Después de equiparnos con los prismáticos y las cámaras de fotos comenzamos la subida al monte.
La dehesa lucía en todo su esplendor. Las jaras comenzaban a sacar su flor, y los cantuesos y el romero, expulsaban su típico y agradable perfume.
Alberto me dio indicaciones sobre rapaces qué comenzaban a levantar el vuelo. Allí en lo alto aparecieron los primeros busardos ratoneros. Al momento, detrás de estos, apareció la silueta inconfundible de un milano real. De los últimos del invierno, qué en breve darían paso a sus parientes los milanos negros.
Comenzamos a oír el característico reclamo del herrerillo capuchino, pero la dehesa era tan densa, qué no se dejaron ver.
En mitad del camino, aprovechando los charcos de las últimas lluvias, comenzaron a bajar varios pinzones vulgares y verdecillos a beber.
En el fondo de un pequeño valle, había unas explotaciones ganaderas. En el tejado de una casa de labor se  arremolinaban estorninos negros, gorriones comunes y algún gorrión molinero.

(Estornino negro, sturnus unicolor).

Tras un paseo muy ameno, llegamos al vistoso mirador de las Cárcavas del Arenal. Es un gran barranco en unos de los flancos del monte, donde la erosión hídrica ha ido excavando una gran grieta, y allí donde no hay vegetación la acción erosiva se muestra con toda su grandiosidad.
Las vistas desde su alto son sencillamente bucólicas. Por el Sur las estribaciones de los Montes de Toledo, y al Oeste el río Guadarrama, el Alto del Mirlo (las primeras estribaciones de Gredos), el Pico Almenara (el último pico de la Sierra del Guadarrama) y el pueblo de Navalcarnero.

(Cárcavas del Arenal).

A modo de foto aérea se puede intuir fácilmente por donde discurre el río Guadarrama, flanqueado por un inconfundible bosque de ribera.
Y desde lo alto de las cárcavas con los prismáticos, mirando al río Guadarrama llegó la sorpresa del día.
Le estaba comentado a Alberto qué era muy extraño qué con todo lo que había salido el año pasado a “pajarear” no hubiese visto ningún águila imperial, y en ese momento Alberto dirigió su mirada a un gran sauce del río Guadarrama, cuando dijo sorprendido: “mira Rafa estoy viendo un gran águila”. Cogí rápidamente los prismáticos y cuando le vi las hombreras grité con enorme sorpresa: “espera, espera, ¡es un águila imperial!.
De la emoción, se me enrolló la correa de los prismáticos con la cámara, y mientras deshacía el desaguisado, Alberto volvió a decir: ‘tío qué está haciendo la cópula!. ¡Arggggggggggg!, dije para mis adentros. Me estaba perdiendo el cortejo de ave favorita, y no me dio tiempo a hacerlas una foto.
Las pareja estaba apareándose en un gran sauce, y allí en la misma copa estaban posadas sin prestar mucha atención una nutrida bandada de palomas torcaces y urracas, sus potenciales presas.
Cuando acabaron el cortejo, una de ellas comenzó a planear por encima de nuestras cabezas, de manera majestuosa. Le faltaba una de las secundarias, pero no le quitaba un ápice a la belleza de un ave tan formidable.

(Águila imperial ibérica, aquila adalberti).

Después de deleitarnos con el vuelo de esta señorial rapaz el tocó el turno a otra de menor envergadura, pero igual de interesante. A modo de flecha, surgió rauda y veloz de entre unas encinas para perderse en un pequeño valle. A Alberto le dio el tiempo justo para hacerla una foto y comprobar qué era un gavilán común.

(Gavilán común, accipiter nisus).

Casi en la cima del cerro había un chalet abandonado qué era la típica edificación qué era un auténtico foco de atracción para rapaces como mochuelos y lechuza comunes, y mamíferos como martas o murciélagos.
Por su deteriorado tejado comenzaron a aparecer las primeras golondrinas comunes qué ya nos anunciaban qué el fin del invierno estaba más cerca.
En la base del cerro el camino qué llevábamos se bifurcaban en 3 nuevos. Ya se comenzaban a ver los primeros chalets de la urbanización Cotorredondo, pertenecientes al término municipal de Arroyomolinos.
En un tendido eléctrico comenzamos a oír el típico canto de la alondra totovía, y al poco tiempo la pudimos observar columpiándose sobre el cable. En seguida, le tomó testigo un hermoso ejemplar de cernícalo vulgar atento a la aparición de su próxima presa.
Antes de comenzar el camino de descenso hacia el río Guadarrama, Alberto sacó su aplicación de geo-caching, y junto a una gran piedra en el tronco de una encina encontró un caché, en el que dejamos nuestra firma, a modo de testigo de nuestra ruta.

(Caché en el Monte de Batres).

El camino de bajada hacia el río se hizo de lo más ameno, contándome Alberto sus peripecias en sus jornadas de escalada, así como sus avistamientos de rastros de lobos  por la provincia de Ávila, mi próximo gran reto.
Pocas novedades en especies. Resaltar la gran abundancia de palomas torcaces qué se refugiaban en la zona más densa del encinar.

(Paloma torcaz, columba palumbus).

Sobre la línea de vegetación de ribera volaba planeando una silueta negra. Pensé que era otra rapaz, pero al momento Alberto la descartó y con mejor luz salí de dudas, viendo qué se trataba de un cormorán grande.
Llegamos al camino qué flanqueaba el río Guadarrama. Allí comenzamos a oír el popular sonido del pito real, pero no pudimos verlo.
A lo largo del camino había grandes balsas de agua, resultado de las últimas lluvias. Un poco más adelante, pudimos ver las típicas “bañas de jabalíes”, donde estos grandes suidos se dan importantes baños para desparasitarse.
Alberto vio un zorzal charlo entre la espesura del bosque de ribera. Me tuvo qué ayudar mucho con los prismáticos, para qué lo pudiese ver.
Antes de cruzar la última cancela qué nos llevaría a la carretera, y después al coche anoté un inquieto petirrojo europeo qué se dejó ver de manera fugaz.
Antes de subirnos al coche 5 ejemplares de busardos ratoneros planeaban sobre el Arroyo del Sotillo a ver si llevaban algo al pico, y cerraban esta jornada tan interesante.
¡A qué esperáis para calzaros las botas y descubrir este espacio tan seductor!
¡Felices avistamientos!
© Rafa Al
Acabo el relato añadiendo las especies vistas a lo largo de la ruta.

FAUNA DEL MONTE DE BATRES
AVES
Águila imperial ibérica
Alondra totovía
Busardo ratonero
Cernícalo vulgar
Cormorán grande
Estornino negro
Gavilán común
Golondrina común
Gorrión común
Gorrión molinero
Milano real
Paloma torcaz
Petirrojo europeo
Pinzón vulgar
Serín verdecillo
Urraca
Zorzal charlo

martes, 10 de mayo de 2016

RUTA POR ALCORCON Y MADRID

RUTA POR ALCORCON Y MADRID.
RUTA POR EL ENTORNO DEL MEAQUES-RETAMARES.

Entorno del Retamares-Meaques. De Eurovegas a corredor ecológico.

Resulta contradictorio qué en una región tan poblada y urbanizada como la Comunidad de Madrid, está cuente casi con un 50% de su territorio bajo alguna figura de protección medioambiental. Espacios protegidos como el Parque Regional del Sureste, o el Parque Nacional del Guadarrama, se ven acorralados por autovías, trenes de alta velocidad, polígonos industriales o urbanizaciones.
Es necesario un buen plan de ordenación del territorio donde estos espacios protegidos estén interconectados por corredores ecológicos como pueden ser vías pecuarias, vías verdes ciclistas, caminos históricos, corredores fluviales, etc.
Especies emblemáticas de la fauna ibérica qué habitan en nuestra región como el lobo ibérico, águila imperial, o avutarda, necesitan de estos corredores ecológicos para intercambiar sus genes, y eludir el problema de consanguinidad  y el empobrecimiento genético de los miembros de su especie.
El Entorno del Meaques-Retamares en un inmenso despoblado, recorrido por estos dos arroyos, donde se suceden multitud de ecosistemas como dehesas, pinares, eriales, retamares, bosques de ribera y lagunas.
La zona cercana de los cuartes militares de la zona de Gran Capitán y Arroyo Meaques, zona muy vigilada, y ahora con numerosos cuarteles abandonados, es un foco de atracción para la fauna, qué encuentra una zona, donde no se les caza y apenas es molestada, siendo un oasis de tranquilidad para multitud de especies como conejos, perdices o alcaravanes.
Hace algunos años surgió una plataforma ciudadana muy activa, cuyo fin es establecer un corredor ecológico entre las cuencas del río Manzanares y el Guadarrama, uniendo los espacios naturales de la Casa de Campo y el Parque Regional del Guadarrama, atravesando los municipios de Madrid, Pozuelo de Alarcón, Alcorcón, Boadilla del Monte y Villaviciosa de Odón.
Dentro de este inmenso paraje natural podemos encontrar espacios tan singulares como la finca de la Venta de la Rubia, dedicada a la hípica, o la Laguna de Valchico, con especies tan interesantes como tórtola europea, autillo u oropéndola.

(Entrada a la finca de la Venta de la Rubia en Alcorcón).

La sucesión de zonas abiertas con pinares, y encinares, así como la gran densidad de conejo hace de esta zona, un espacio de dispersión de grandes rapaces como águilas imperiales, águilas reales, milanos reales y negros, buitres negros, y otras más abundantes como calzadas o ratoneros.
Dentro de la zona del corredor, se planteó el polémico proyecto de Euro-Vegas en la finca de la Venta de la Rubia. Anulado el proyecto, es una magnífica oportunidad de convertirlo en un corredor ecológico qué sea aprovechado para rutas a pie, en bici, o a caballo. Y como zona de ocio y esparcimiento responsable para las poblaciones cercanas de Alcorcón, Pozuelo, Madrid, Boadilla y Villaviciosa de Odón.
La ruta propuesta es una ruta lineal con inicio en el centro comercial Tres Aguas de Alcorcón y fin en la estación de metro Aviación Española, visitando la vereda de Villaviciosa, Venta de la Rubia, y laguna de Valchico. Es de un perfil moderado, dada la distancia, de unas 3 horas y 30 minutos de duración.

(Ruta senderista lineal de 3 horas y 30 minutos de duración por el entorno del Meaques-Retamares)

Accesos al centro comercial Tres Aguas.
-En coche. A-5. Salida 13. 21 minutos desde Madrid.
-En autobús. Líneas 510 y 510 A desde Alcorcón. 30 minutos.
Líneas 518 y 551 desde Príncipe Pío. 25 minutos.
-En Cercanías. Línea C5. 20 minutos desde Atocha. Luego desde la estación hasta el centro comercial, andar otros 20 minutos.
-En bicicleta. Desde la estación de cercanías en San José de Valderas. Detrás del centro comercial coger el camino de Pozuelo y posteriormente la vereda a Villaviciosa en dirección a Madrid.
Este es el relato de la ruta qué realice en Marzo de 2016, a finales de invierno.
Tras un paseo de 20 minutos desde la estación de San José de Valderas, llegué al centro comercial de Tres Aguas en Alcorcón. El día estaba encapotado, y con mucho frío y viento. Este año el invierno se había retrasado sobremanera, y a finales de este, se había presentado con toda su crudeza.
Tras callejear un poco y dejar a mi espalda el centro comercial dejé un polígono industrial sacado de una película apocalíptica a lo plan Mad Max y que me empezaba a ponerme muy nervioso, porque no veía ningún alma.
Allí anoté las primeras especies urbanitas para el cuaderno de campo: urraca, tórtola turca, estornino negro y gorrión común.
En un cercano almendro situado junto a una valla metálica de un almacén, dos inquietos jilgueros comunes, aguantaban en una rama las embestidas del viento racheado.
Continué el camino y poco a poco se iban acabando los almacenes del polígono industrial para dar paso a una zona desarbolada, mezcla de erial y zonas de cultivo de cereal. Pronto comenzaron a dejarse ver multitud de conejos qué huían correteando ante mi presencia a sus conejeras hechas en el mismo suelo. Tras ellos aterrizaron un nutrido grupo de grajillas occidentales.

(Gazapo, oryctolagus cuniculus)

El camino desembocaba en la vía pecuaria conocida como la Vereda de Villaviciosa. Al fondo se mostraban ante mí, las altas cumbres del Guadarrama, cubiertas de nieve, por las nevadas tardías de este pasado invierno tan demorado, y qué parecía coger velocidad a la llegada de la cercana primavera.

(Vereda de Villaviciosa de Odón)

El camino hacía un giro hacia el Este en dirección hacia la Venta de la Rubia. Comenzaban a aparecer las formaciones de retamas, de las qué toma nombre este inmenso espacio natural, y en un pequeño mojón de piedras se posó un inquieto colirrojo tizón.
Subí a un talud para ganar perspectiva para observar un gran barbecho a ver si podía ver algún ave esteparia. Primero fue el turno de un escribano triguero, y al instante dos revoltosas cogujadas comunes.

(Escribano triguero, miliaria calandra)

Proseguí mi camino cruzándome con numerosos ciclistas qué usaban la vía pecuaria en dirección a Villaviciosa de Odón. El viento seguía soplando con fuerza y aceleré el paso para resguardarme cuanto antes en el pinar de la Venta de la Rubia.
Ya se veían las primeras pistas hípicas. En una de ellas qué no tenía caballos había una gran concentración de verdecillos y pardillos comunes.
Observándolos con detenimiento, tiempo después de espera, me di cuenta que entre estos se me coló una alondra totovía.

(Verdecillos, serinus serinus, y alondra totovía, lullula arborea)

Antes de internarme en un pinar de la finca, oí el canto inconfundible de unas lavanderas blancas qué se dirigían al cercano Arroyo de la Fuente del Sapo.
Hice una pequeña espera para ver qué se movía dentro del pinar y lo más destacable fue la cantidad de mosquiteros comunes que revoloteaban dentro de él, y la abundancia de palomas torcaces qué usaban el bosquete como dormidero.
Reanudé el camino de la vereda qué atravesaba toda la finca, así como una residencia canina. Antes de salir de ella, anoté un juguetón petirrojo europeo.
La vereda acaba en la carretera de la Venta de la Rubia a la autovía A-5.
Junto a ella había otro grandioso pinar, de una zona militar vallada. Dentro de él, surgieron las primeras especies invasoras, una gran congregación de chillonas cotorras grises.

(Cotorra gris, myiopsitta monachus)

En un árbol sin hojas cercano al camino se posó un pequeño pajarillo. Tenía el sol de cara, así que a simple vista no distinguía de qué especie era. Con mucha paciencia, y evitando los rayos del sol, pude comprobar que se trataba de una curruca cabecinegra.

(Curruca cabecinegra, sylvia melanocephala)

Una empalizada de una pista de hípica, era usada como improvisado posadero para una reunión de gorriones molineros. Junto a ellos, en una pequeña formación arbustiva de escaramujos se camuflaban algunos pinzones vulgares y de polizón, un revoltoso carbonero común.
Poco tiempo después llegué a un depósito del Canal de Isabel II, qué era donde tenía de nacimiento el Arroyo Meaques. A su izquierda había un pequeño encinar, de aquellos que poblaban toda esta zona Oeste de Madrid, hasta fundirse con los de la ZEPA del Alberche y río Cofio. Bajo las copas de esas grandes encinas decidí hacer otra espera.

(En entorno del Meaques-Retamares aún conserva pequeños reductos de encinar,  de un mayor encinar qué cubría históricamente la zona oeste de la región madrileña).

En lo alto del cielo, sobre unas nubes muy oscuras vi dos siluetas qué me recordaban a alguna rapaz. La luz no era muy buena, así que tuve qué afinar bastante con los prismáticos, y tras varios minutos descarté qué fuesen rapaces, pues se trataban de dos cuervos grandes.
Reanudé mi camino, qué atravesaba por debajo con un túnel la carretera de circunvalación M-40. Antes del túnel, en un erial se dejaron ver dos abubillas. Tras cruzar por debajo la M-40 aparecí en un lugar muy conocido por mí, pues ya había estado antes como mi compañero pajarero Gabriel. Era la zona militar de la Dehesa.
Primero atravesé la cerca qué rodeaba un pinar de repoblación y en el qué anoté un pito real ibérico.
El camino ahora tenía una pendiente descendente muy acusada, qué agradecía después de los kilómetros que acumulaban mis maltrechas piernas. Hacia el Oeste se volvía a ver las cumbres nevadas del Guadarrama, y más abajo se comenzaba a dejar ver la Ciudad de la Imagen. Sobre las antenas de Telemadrid planeaba una cigüeña blanca.
Ya comenzaba a divisarse una importante mancha de bosque de ribera qué me guiaba por el curso del Meaques. Me adentré un poco hacia su cauce para ver qué más especies podía anotar. Los mirlos comunes anunciaban su presencia con su sonoro canto. Tres gaviotas sombrías, de las últimas del invierno, volaban en dirección a la Casa de Campo.
Al llegar al cauce del arroyo me llevé un buen susto, porque salió volando una gran ave blanca ante mi aparición. Cuando me repuse del susto repentino me cercioré qué se trataba de una garceta común.
Al atravesar el cauce del arroyo en un gran chopo volvieron a aparecer las grajillas, qué en un instante fueron desplazadas por un coro estridente de cotorras de Kramer otra especie invasora junto a las cotorras grises.

(Grajillas occidentales, corvus monedula)


Tras varios minutos de recorrido llegué a la imponente laguna de Valchico.

(Laguna de Valchico)

En una espera productiva, anoté otras especies más para el cuaderno de campo como herrerillo común, zorzal común y un elegante pico picapinos qué se dejó fotografiar.

(Pico picapinos, dendrocopos major)

Rodeé la pequeña laguna y finalicé el camino en una pequeña presa qué embalse las aguas del Meaques. En el fondo del arroyo en una zona cerrada de arbustos una pequeña bola marrón se camuflada magistralmente. Pero con paciencia se dejó ver, y confirmé se trataba de un hermoso chochín común.
En una arboleda muy cerrada se posó otra garceta común, dispuesta a tomarla como su dormidero, pues ya los rayos del sol comenzaban a caer por la zona Oeste de Madrid.

(Garceta común, egretta garzetta)

La última vista a la laguna me hizo anotar las dos últimas especies, ánade real y focha común.

(Ánade real, anas platyrhynchos)

De camino a la estación de metro decidí echar un último vistazo furtivo a la zona de los cuarteles abandonados por si podía apuntar algo más.
Allí tres perdices rojas aprovechaban la tranquilidad qué les brindaba habitar en una zona tan vigilada. La naturaleza aprovecha todos los resquicios qué le dejamos, sabedoras ellas de qué allí no las caza nadie.
Curioso como la naturaleza recupera lo qué es suyo en el momento en el qué hombre deja de intervenir.
Esta última especie cerraba una jornada tan interesante.
¡A qué esperáis para visitar este espacio tan interesante! Os animo a qué conozcáis este espacio tan  sugestivo, y hagáis campaña para protegerlo.
¡Felices avistamientos!
© Rafa Al
Para acabar, añado la lista de especies avistadas durante la ruta.
FAUNA DEL ENTORNO MEAQUES-RETAMARES
AVES
MAMIFEROS
Abubilla
Conejo
Alondra totovía
Ánade real
Carbonero común
Chochín común
Cigüeña blanca
Cogujada común
Colirrojo tizón
Cotorra de Kramer
Cotorra gris
Cuervo grande
Curruca cabecinegra
Escribano triguero
Estornino negro
Focha común
Garceta común
Gaviota sombría
Gorrión común
Gorrión molinero
Grajilla occidental
Herrerillo común
Jilguero
Lavandera blanca
Mirlo común
Mosquitero común
Paloma torcaz
Pardillo común
Perdiz roja
Petirrojo europeo
Pico picapinos
Pinzón vulgar
Pito real ibérico
Serín verdecillo
Tórtola turca
Urraca
Zorzal común







miércoles, 2 de marzo de 2016

RUTA POR EL DISTRITO CENTRO

RUTA POR EL DISTRITO CENTRO. JARDINES DEL CAMPO DEL MORO.
Jardines del Campo del Moro. Donde duermen las aves.
A escasos dos kilómetros, de la céntrica Puerta del Sol, al Sur del Madrid de los Austrias, y pegados a Madrid Río, se encuentran situados los Jardines del Campo del Moro, uno de los jardines históricos más bellos y singulares de Madrid capital. Sus atractivos, y su pasado excepcional, le han hecho qué están catalogados como bien de interés histórico-artístico.
Una de sus imágenes más representativas, es el Palacio Real coronando su altura, producido por un gran barranco qué desciende desde este, hasta el río Manzanares. Son las míticas terrazas aluviales del Manzanares. Durante el Cuaternario, la acción erosiva del río ha ido
formando este peculiar conjunto geológico, qué hará las delicias de los aficionados a la geología. Las terrazas están catalogadas como bien de interés cultural, y en ellas se han encontrado yacimientos de sílex del Paleolítico, e incluso los restos de un mastodonte muy bien conservado qué se puede ver en el Museo Arqueológico.
Su peculiar nombre se lo debe a qué el caudillo musulmán Ali Ben Yusuf en 1109  acampó en estos terrenos, con la intención de reconquistar Madrid y su alcázar.
Hubo proyectos anteriores al Palacio Real para crear un conjunto de jardines cerca del río Manzanares, pero no fue hasta mediados del siglo XIX bajo el reinado de Isabel II cuando el proyecto tomó forma.
La Guerra Civil provocó importantes destrozos en los jardines y entre los años 40 y 60 del siglo pasado, se iniciaron los
 procesos de restauración, adquiriendo aspecto actual.
En sus 20 hectáreas de extensión podemos encontrar numerosas especies árboles, muchas de ellas ornamentales como secuoyas, cedros del Himalaya o castaños de Indias, y otras autóctonas como tejos, robles, o pinos carrascos, algunos con gran porte llegando a los 30 metros de altura.

(Algunos pinos carrasco llegan a alcanzar un gran porte, de 30 metros de altura).

El conjunto de los jardines constituye un pequeño pulmón verde, cercano al centro de Madrid, una pequeña cuña de biodiversidad qué se adentra en la ciudad, y se conecta a modo de corredor ecológico con Madrid-Río, continuando hacia la Casa de Campo.

(Los Jardines del Campo del Moro son una auténtica isla de biodiversidad en pleno centro de Madrid, conectado por Madrid-Río y Casa de Campo. Al fondo vistas de la Casa de Campo).

Para los aficionados pajareros, posee el atractivo de convertirse en uno de los grandes dormideros de aves qué podemos ver en plena ciudad. Grandes bandadas de 
aves procedentes de Madrid-Río o Casa de Campo se juntan para pasar la noche. Allí se ofrecen protección unas a otras ante posibles depredadores, e intercambian información sobre las zonas de alimentación y otras actividades cotidianas.
Las cifras hablan por sí mismas: 100 ejemplares de urracas, 300 grajillas, y la espectacular cifra de 11000 individuos de palomas torcaces. A veces se ven espectaculares nubes de estorninos sobrevolando por la fachada del Palacio Real. Y los cedros del Himalaya de mayor altura son improvisados dormideros o descansaderos para garzas reales y garcetas comunes.

(Los grandes cedros del Himalaya sirve como dormidero para garzas reales y garcetas comunes).

Los jardines son también un buen punto de observación para los trasiegos de las gaviotas, qué desde Madrid-Río, remontan 
el Manzanares a sus dormideros de los embalses del Pardo y Santillana.
Esta isla ecológica, en medio de un entorno tan urbano, es foco de atracción para pequeños paseriformes como petirrojos, carboneros comunes, herrerillos o pinzones vulgares. A toda esta lista hay que añadir las especies exóticas u ornamentales qué pueblan el parque como cotorras grises, pavos reales, tarros canelos o cisnes negros.
La ruta propuesta es una ruta circular por dentro de los jardines de 1 hora y media de duración. La dificultad es muy fácil con una ligera pendiente hasta la falda del palacio pero recomendable para todos los públicos.

(Ruta circular de 1 hora y media de duración, de dificultad fácil, por los Jardines del Campo del Moro).

Accesos a los Jardines del Campo del Moro.
-En coche. Tomar la M-30 hasta el desvío de la calle Virgen del Puerto.
-En metro. Estación de Príncipe Pío. Líneas 6, 10 y Ramal Opera-Príncipe Pío. 5 minutos andando hasta los jardines.
-En autobús. Parada en la calle Virgen del Puerto. Líneas: 25,33, 39, 41, 62, 138 y C-2.
-En bicicleta. Desde el cercano carril bici de Madrid-Río.
Por último señalar los horarios de visita de los jardines:
De Octubre a Marzo. L-D, de 10.00 a 18.00.
De Abril a Septiembre. L-D, de 10.00 a 20.00.
Este es el relato de una ruta qué realicé una mañana de Febrero de 2016.
Era una mañana muy fría de comienzos de Febrero. El día había amanecido nublado, y
 con mucho viento. La noche anterior había caído un buen aguacero, pero esa mañana se habían abierto algunos claros, qué anunciaban una tregua en las precipitaciones.
Tardé poco más de 5 minutos desde la estación de Príncipe Pío, hasta la puerta de los jardines en la calle Virgen del Puerto.
Las primeras gaviotas reidoras ya comenzaban a llegar a Madrid-Río, desafiando en fuerte viento racheado.
Nada más cruzar la puerta, tenía ante mí quizás la imagen más representativa de los jardines. Una gran alfombra de césped, con una gran fuente ornamental, y una gran cuesta, formada por una terraza del Manzanares, qué acababa coronado por el majestuoso Palacio Real.

(Vistas del Palacio Real desde la entrada de los Jardines del Campo del Moro).

Tomé un pequeño camino qué giraba a la izquierda de la entrada, y la primera especie en anotar a la lista fue un mirlo común. Continué el camino la siguiente fue una avispada urraca común qué intentaba partir sin éxito una gran castaña de un castaño de Indias cercano.

(Urraca común, pica pica).

Poco después hicieron su aparición con sus chillones cantos las cotorras grises.
Comencé a oír el típico tamborilero de un pícido, y tras buscarle infructuosamente por las copas de árboles con los prismáticos, identifiqué a un juguetón pico picapinos.

(Pico picapinos, dendrocopos major).

Pequeñas bandadas de estorninos negros se arremolinaban en una gran secuoya.
En un pequeño bosquete de bambúes había una pintoresca fuente donde decidí hacer una espera a ver si bajan a beber los
picogordos. Tras minutos de espera, y terminada mi paciencia sólo hizo acto de aparición un pinzón vulgar. Justo cuando ya estaba cerrando la tapa del objetivo de la cámara, comencé a oír el típico canto del picogordo, y una fugaz flecha marrón se fue a posar en lo alto de un pino carrasco. Allí estaba, un espectacular ejemplar de picogordo. El objetivo de mi ruta de aquel día. Había leído qué allí se podían ver, aunque es un pájaro bastante tímido, y qué se camufla bien, así que me quedé con las ganas de fotografiarlo.
Retomé el camino, qué comenzaba a zigzaguear, y tras un zona de umbría se abrió un gran claro, donde decidí hacer otras espera. Primero fue el turno de los gorriones morunos. Tras ellos, llegó un carbonero común, y finalmente dos revoltosos herrerillos comunes hacían
 malabarismos imposibles en un árbol cercano.

(Herrerillo común, cyanistes caeruleus).

El camino me llevó justo en lo alto de la terraza del Manzanares donde tenía magníficas vistas de parte de los jardines, Madrid-Río y la Casa de Campo.
Subido a una papelera, un bonito ejemplar de petirrojo se dejó hacer una pequeña sesión de fotos.

(Petirrojo europeo, erithacus rubecula).

Seguí atravesando un paseo flanqueado por grandes ejemplares de castaños de Indias. Al fondo, había una bonita casa de guardas, a modo de casa de cuentos de fábula. Allí volví a ver otro escurridizo picogordo.
Alcé la vista en un claro de los árboles, y cruzó planeando una cigüeña blanca, seguramente procedente de la cercana colonia de la Casa de Campo.
En lo alto de los castaños, se oía el inconfundible arrullo de las palomas torcaces y en las cercanas formaciones arbustivas, los inquietos mitos.

(Paloma torcaz, columba palumbus).

Volví a una camino de tierra, qué estaba lleno de charcos por la lluvia de la noche anterior. Allí resolví hacer otra espera para ver si algún pajarillo se animaba a darse un baño. Primero fue el turno de los estorninos negros, y luego los pinzones vulgares. 

(Pinzones vulgares, fringilla coelebs, y estornino negro, sturnus unicolor).

Era cómico ver a estos pequeños paseriformes se afanaban en darse un buen baño.
En una picea qué no distinguía de qué especie se trataba jugaba al escondite una pequeña pelotilla alada. Tras mucha paciencia me pude deleitar con los juegos de un hermoso ejemplar de reyezuelo listado.
Ya me disponía a salir por la puerta y dar por terminada la ruta, cuando vi un cartel con un mapa de los jardines y allí vi el sugerente nombre de Laguna de los Carruajes. Así que decidí echar un último vistazo a ver si podía sumar alguna especie más.
Allí en dos pequeños estanques se concentraban numerosos ánades reales. En las barandillas del estanque estaban posadas varias cotorras grises. Mirando como comían con un pata y con la otra como mantenían el equilibrio, no me percaté de que entre tanto ánade había un vistoso tarro canelo. 

(Tarro canelo, tardona ferruginea).

En el estanque también destacaba por su porte y elegante forma de nadar, un cisne negro.
En un instante me vi rodeado de abundantes hembras de pavo real. Y en el momento menos esperado uno de los 

(Pavo real, pavo cristatus).

machos nos brindó un gran espectáculo al abrir su grandiosa cola a modo de abanico.
Me entretuve un buen rato fotografiándole, así como a los gorriones comunes y morunos qué venían a comer el pan qué les ofrecían.
Terminada la visita decidí aprovechar la mañana para ver las gaviotas de Madrid-Río. Desde la otra orilla del Manzanares eché un último vistazo a los Jardines del Campo del Moro, y en la copa de un colosal Cedro del Himalaya descansaba una garza real qué cerraba la lista de esta ruta tan interesante. ¡Felices avistamientos!.
© Rafa Al.
Para finalizar, añado la lista de especies vistas durante la ruta.

FAUNA DE LOS JARDINES DEL CAMPO DEL MORO
AVES
Ánade real
Carbonero común
Cigüeña blanca
Cisne negro
Cotorra gris
Estornino negro
Garza real
Gorrión común
Gorrión molinero
Herrerillo común
Mirlo común
Mito
Paloma torcaz
Pavo real
Petirrojo
Pico picapinos
Picogordo
Pinzón vulgar
Reyezuelo listado
Tarro canelo
Urraca común