martes, 13 de octubre de 2015

RUTA POR PARLA Y FUENLABRADA

RUTA POR FUENLABRADA Y PARLA. EL CERRO DE LA CANTUEÑA.

Cerro de la Cantueña. El cerro vertedero.
La fosa del Tajo, a la que pertenece el gran sur metropolitano madrileño, se caracteriza por su uniformidad y horizontalidad. Paisajes de amplias estepas cerealistas, con escasos relieves qué resalten sobre el paisaje mesetario. Este paisaje a veces tan plano y apaisado, es roto por una serie de cerros testigos qué gracias a la naturaleza de sus materiales, han soportado la erosión constante de las escorrentías y la erosión eólica.
Ejemplos de estos hitos paisajísticos son los cerros de Buenavista y Los Ángeles en Getafe, el Cerro de Almodóvar en el distrito de Vicálvaro, el Cerro Cabeza Fuerte en Pinto, el Cerro del Telégrafo en Rivas-Vaciamadrid y el Cerro de la Cantueña entre Parla y Fuenlabrada, al qué dedicaremos esta nueva entrada del blog.
El Cerro de la Cantueña se encuentra enclavado entre los municipios de Parla y Fuenlabrada. Limita al Norte con el polígono industrial de la Cantueña (Fuenlabrada), al Sur con la población de Parla, al Oeste con la Autovía A-42 y al Este con las vías del Cercanías a Parla.

(Cerro de la Cantueña. Aún se pueden contemplar en él, antiguos restos de almendrales, olivares y coscojares).

La composición material del cerro está compuesta por una mezcla de arenas, arcillas, calizas y pequeñas intrusiones de sílex. Estos materiales hacen qué el suelo sea muy pobre, en algunos casos con alto grado de salinidad.
El cerro históricamente ha soportado una intensiva explotación agrícola y a día de hoy sólo quedan retazos de antiguos olivares, almendros, qué se mezclan con repoblaciones de pinos carrascos, piñoneros, falsas acacias y algarrobos, quedando aún ejemplares dispersos de un antiguo coscojar. A pesar de esta intensa transformación, la biodiversidad botánica es sorprendente, con 271 especies catalogadas, contando con 10 endemismos ibéricos. Cabe destacar la existencia de arbustos qué crecen en entornos salinos como la gayomba.
En lo alto del cerro, en su parte más llana, existen grandes extensiones de estepas cerealistas, de gran valor paisajístico y para la fauna qué lo habita.
La riqueza zoológica no se queda atrás, contando con 91 especies de aves catalogadas, 12 de mamíferos, y 7 de reptiles. El cerro es un oasis biológico para especies de aves esteparias y forestales.
A todo este patrimonio natural hay que añadirle el arqueológico, ya que el cerro cuenta con la figura de protección de “Bien de Interés Cultural” con categoría de zona arqueológica.
A pesar de todos estos valores, el cerro ha sufrido la dejadez y mala gestión por parte de los ayuntamientos de Fuenlabrada y Parla, y del gobierno regional. La historia del cerro no ha estado exenta de polémicas y malas prácticas.
Hasta 1993 estaba convertido en una gran escombrera donde cientos de camiones arrojaban los desechos apilándolos a su suerte. En esas fechas se intentó hacer un ambicioso proyecto de repoblación forestal qué se quedó en buenas promesas. Posteriormente se proyectó en sus faldas una gran macro-urbanización qué afortunadamente se frenó por la crisis. El último impacto sufrido por el cerro, ha sido la construcción del parque de bomberos, qué destruyó un importante y primitivo bosquete de almendros de gran tamaño.
A día de hoy, el cerro no se libra de los vertidos incontrolados, las sendas abiertas por la práctica del motocross, o un reciente incendio forestal.

(Actualmente aún quedan escombreras ilegales en varios puntos del cerro).

Desde aquí aprovecho para hacer un llamamiento para la protección de este espacio con valores naturales tan notables, qué merece poseer alguna figura de protección, y se convierta en un auténtico pulmón verde para los habitantes de Fuenlabrada y Parla, y por extensión, para todos los madrileños.
La ruta propuesta es una ruta circular por todo el cerro con salida y llegada a la parada del tranvía de Julio Romero de Torres. Su duración es de 2 horas y 30 minutos y la dificultad es fácil.
Accesos al cerro de la Cantueña.

(Ruta circular de 2 horas y 30 minutos de duración por el Cerro de la Cantueña).

-En coche. Coger la A-42 Madrid-Toledo hasta la salida 19B, y luego la M-408 hasta la entrada al parque de bomberos. 30 minutos desde Madrid.
-En cercanías. Líneas C4A y C4B Atocha-Parla. Luego coger el tranvía de Parla hasta la estación Julio Romero de Torres. Unos 30 minutos. Posteriormente andar unos 10 minutos desde la parada del tranvía hasta la entrada al parque de bomberos.
-En autobús. Línea 462. Getafe-Parla. Bajarse en la Calle Real y o bien coger el tranvía en la parada de la Ballena, o andar hasta parque de bomberos. 10 minutos andando.
-En bicicleta. El cerro cuenta con pistas en buenas condiciones para hacer la ruta en bici. Salir desde la estación de Cercanías de Parla.
Este es el relato de una ruta qué realicé a comienzos del Otoño de 2015.
Tras un agradable trayecto en tranvía, me bajé en la parada Julio Romero de Torres para dirigirme a la carretera del parque de bomberos. Allí hice un pequeño alto en el camino para preparar los prismáticos y la cámara de fotos.
Desde el puente que cruza la vía del tren de cercanías, hay unas buenas vistas de los taludes de esta, donde los conejos viven a sus anchas, sin apenas depredadores qué los molesten. Estos taludes están cubiertos por una importante masa de retamas de bolas y vistosos ejemplares de gayombas, qué son unos arbustos adaptados a vivir sobre suelos salinos. Cerca de ellas, dos colirrojos tizones jugaban a perseguirse.

(Formación mixta de retamas de bolas y gayombas).

Subí una pequeña loma qué conducía a un gran depósito de agua. A su derecha se encontraba los restos de un gran olivar, con ejemplares de gran porte. Con el calor reinante de aquella jornada, aproveché la sombra de un voluminoso olivo para hacer una espera, y descansar un poco.
Comencé a oír el canto de una curruca cabecinegra y tras mucha paciencia pude descubrir qué la tenía justo encima de las ramas de olivar donde me encontraba.

(En el Cerro de la Cantueña aún existen olivos de gran porte, de un antiguo olivar más extenso).

A lo lejos, en un claro del olivar, comenzó la actividad de algunas especies. Primero fue el turno de un bando de estorninos negros, luego se posó una abubilla, y por último unos juguetones mosquiteros musicales en pleno paso postnupcial, volaban del suelo a las ramas de los olivos.
Continuando el camino, llegué a los restos de un antiguo coscojar. Allí, en una coscoja qué desafía la pendiente, y la sequedad del terreno había posado un mirlo común. Tras él, en los cables de un tendido eléctrico, estaban posadas, haciendo equilibrio, dos tórtolas turcas.

(Tórtolas turcas. Streptopelia decaocto).

Antes de llegar a la base del cerro, el borde del camino era ocupado por un almendro de considerables dimensiones. La densidad de su ramaje, era aprovechada por una gran concentración mixta de gorriones comunes y molineros, qué buscaban un resquicio de sombra.
Arribé a la cima del cerro, donde había unas zonas de estepa y barbecho de lo más interesante. Los bordes del camino eran flanqueados por hileras de plantaciones de falsas acacias y algarrobos. En uno de estos últimos había posado un busardo ratonero, qué huyó raudo y veloz ante mi presencia. Poco después le tocó el turno a los papamoscas cerrojillos muy visibles en época de paso, y qué no paraban de volar inquietos desde el suelo a las ramas de las falsas acacias.

(Papamoscas cerrojillo, ficedula hypoleuca).

Comencé a oír el canto melodioso de los jilgueros, y desde unos cardos cercanos, volaron para posarse en las ramas de un almendro.

(Jilgueros, carduelis carduelis).

Según recorría el camino de la zona de la estepa, iba levantando a las cogujadas comunes.
Tras un buen rato de camino llegué a una valla qué tenía puesta la indicación de coto de caza. Pensé qué el cercado no tenía ninguna entrada abierta, y comencé a impacientarme, pues no tenía muchas ganas de dar un gran rodeo con la caminata qué ya llevaba encima, y quería entrar en la zona del pinar. Afortunadamente, a escasos metros, la valla tenía una entrada abierta.
Aquella zona del cerro estaba ocupada por un denso pinar de pino carrasco, tanto qué proporcionaba grandes tramos de sombra. En el suelo, en un gran de acículas de pino, había una buena conglomeración de urracas.

(El Cerro de la Cantueña cuenta con importantes masas de pino carrasco de repoblación).

Según bordeaba la pendiente del cerro en dirección a la A-42 las vistas eran fastuosas. Se podían ver varios municipios del sur madrileño: Parla, Fuenlabrada, Getafe, Humanes, y al fondo el sur de la ciudad de Madrid. Desde ese punto se podía ver a la vez el Sistema Central, y las estribaciones de los Montes de Toledo. En aquel momento qué estaba ensimismado con aquellas excelentes vistas, un ave de color oscuro cayó en picado en un pino cercano. Al principio pensé qué se trataba de un críalo por el color tan gris, pero no me cuadraba por las fechas otoñales en la que nos encontrábamos. Cogí los prismáticos y apuntando hacia el pino qué se posó, me llevé la sorpresa del día. ¡Un gavilán común! Eché mano de la cámara para hacerle una foto, pero cuando se percató de mi presencia, voló apresurado, para perderse en lo más profundo del pinar.
Hice un barrido por las nubes con los prismáticos y pude ver qué aún quedaban rezagas algunas golondrinas comunes, de las qué apuran el paso migratorio.
Al llegar a la zona norte del cerro, me topé con la impactante imagen del polígono de la Cantueña, perteneciente ya a Fuenlabrada. Parte del polígono, literalmente, se come parte del cerro. Aquella zona había sufrido un incendio reciente, y el paisaje era de lo más desolador. En la parte baja de una suave loma, entre unos olivares, descansaban bajo la sombra, dos perdices rojas.

(Perdices rojas, alectoris rufa).

Más adelante, en una zona de barbecho qué no se había quemado, había una gran masa mixta de pardillos comunes y pinzones vulgares.
La valla perimetral del cerro qué lo separaba del polígono volvía a estar ocupada por un denso pinar, y allí anoté dos especies más: herrerillo común y verderón común.
Descendí por una pequeña vaguada, formada por un antiguo arroyo seco, qué desembocaba en una charca qué estaba completamente seca. Esa charca, cuando tuviese agua, tenía muy buena pinta, a modo de oasis, para hacer unas cuantas esperas. Cerca de ella, en el suelo, había posado un pito real, buscando hormigas en el suelo.
En aquella zona había varios focos de escombreras ilegales, con un gran impacto visual.
Tras varios minutos de camino volvía a la entrada de la valla del coto de caza, y sobre ella posada, había un juguetón papamoscas gris.
En la zona de las falsas acacias se arremolinaban grandes bandos de palomas torcaces.

(Palomas torcaces, columba palumbus).

El camino de la base del cerro hacia el parque del bombero descendía por una suave loma, qué agradecí después de una buena caminata. Antes de llegar al tranvía, y repasando mentalmente la lista de  avistada, con la última vista al cerro, reflexionaba sobre el gran potencial qué tendría el cerro como oasis biológico, si se impulsaran algunas medidas correctivas. Ahí dejo en el aire la sugerencia.
¡Felices avistamientos!.
Como colofón a esta ruta tan interesante, añado la lista de especies avistadas en ella.
© Rafita Almenilla.

FAUNA DEL CERRO DE LA CANTUEÑA
AVES
MAMIFEROS
Abubilla
Conejo
Busardo ratonero
Cogujada común
Curruca cabecinegra
Estornino negro
Gavilán común
Golondrina común
Gorrión común
Gorrión molinero
Herrerillo común
Jilguero
Mirlo común
Mosquitero musical
Paloma torcaz
Papamoscas cerrojillo
Papamoscas gris
Pardillo común
Perdiz roja
Pinzón vulgar
Pito real
Tórtola turca
Urraca
Verderón común

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