domingo, 26 de abril de 2015

RUTA POR GETAFE. CERRO DE LOS ANGELES Y LAGUNAS DE PERALES DEL RIO.

RUTA POR GETAFE. CERRO DE LOS ANGELES Y LAGUNAS DE PERALES DEL RÍO.
Cerro de los Angeles y Lagunas de Perales del Río. Lagunas en la UVI.
Getafe es uno de los grandes municipios del Sur metropolitano madrileño. Se encuentra a 13 kilómetros de la capital, y cuenta con una población aproximada de 175.000 habitantes.
Es un gran polo industrial, qué comenzó su explosión demográfica como ciudad dormitorio, como otras tantas localidades metropolitanas del Sur de la Comunidad.
La cercanía con Madrid, y una buena y densa red de comunicaciones tanto por carretera, como por tren y autobús, hace qué sea una importante ciudad de servicios.
Su término municipal es atravesado por numerosas vías de comunicación como la A-4, la M-45, AVE, y trenes de cercanías. A eso hay qué añadirle numerosos polígonos industriales, nuevos desarrollos urbanísticos, centros de ocio, e incluso una base aérea.
A pesar de esta gran trama urbana, aún quedan zonas de interés ornitológico. Así, podemos encontrar diferentes ecosistemas como zonas de estepas cerealistas, bosques artificiales de repoblación de pinos carrascos, bosques de ribera, y reductos de humedales.
El Este del municipio está encuadrado dentro del Parque Regional del Sureste, ocupando una pequeña porción del río Manzanares. Aquí podemos encontrar bosques de ribera, y algunas dehesas de fresnos, y en el qué habitan especies como garcillas bueyeras, garzas reales, milanos negros, y grandes concentraciones de cigüeñas blancas entre otras.
Otro lugar de interés es el Arroyo Culebro, qué en su desembocadura se une al Manzanares en el Parque Regional del Sureste. Es uno de los carrizales más extensos del Sur de la Comunidad de Madrid, y en él podemos avistar especies tan atrayentes como agachadizas comunes, escribanos palustres, o rascones.
Un lugar muy interesante y a la vez llamativo son las estepas cerealistas de la base aérea. Lugar vetado para observar aves por ser zona militar, pero qué curiosamente cuenta con una de las poblaciones más importantes de sisón de la Comunidad de Madrid, y alguna pareja de aguilucho cenizo.

Cabe mencionar la existencia de numerosos caminos, cordeles, veredas y cañadas, como la Cañada Real Galiana, qué cruzan el municipio, y qué hacen las delicias de los senderistas, cicloturistas, y ornitólogos.
Otros dos espacios quizás más conocidos del municipio, son el Cerro de los Ángeles, y las Lagunas de Perales del Río, de las qué hablaremos en esta entrada del blog.
El Cerro de los Ángeles, es la principal zona de ocio y esparcimiento de Getafe.
Es un cerro testigo qué se encuentra a la curiosa altitud de 666 metros sobre el nivel del mar. En él, se encuentra la ermita de Nuestra Señora de los Ángeles, patrona de Getafe, y el monumento del Sagrado Corazón. Desde sus alturas podemos contemplar magníficas vistas de la ciudad de Madrid, el Parque del Sureste, la Sierra del Guadarrama, e incluso los Montes de Toledo.
Fue escenario de algunas batallas de la Guerra Civil, y aún se pueden observar restos de antiguos búnkeres de la contienda militar.
La vegetación del parque consiste en una corona forestal de repoblaciones de pinos carrascos, algunos de ellos con 50 años de antigüedad. Cuando se ha aclarado alguna zona del pinar, otras especies comienzan a colonizar el terreno y así podemos encontrar pequeños retamales y coscojares. La vegetación se completa con almendros, arizónicas, encinas y majuelos.

(La vegetación del Cerro de los Ángeles está compuesta fundamentalmente por una corona de pino carrasco de repoblación, qué en algunos ejemplares llega a 50 años de antigüedad.)
En su zona de influencia existen amplias zonas de estepas cerealistas mezcladas con olivares.
Para los aficionados pajareros cabe destacar qué en los pinares del cerro existe una pequeña población de búhos chicos, qué usan los grandes cipreses como dormideros, y en los pinares y arizónicas podemos ver también ejemplares de piquituertos.
El pinar no es una zona de gran diversidad biológica pero a estas especies se unen urracas, palomas torcaces, abubillas, y pequeños pajarillos como pinzones vulgares, carboneros, herrerillos, y algunas rapaces como busardos ratoneros.
El otro espacio de interés propuesto para la ruta son las Lagunas de Perales del Río.
Enclavadas a pocos kilómetros del Cerro de los Ángeles, se encuentran en la influencia del Parque del Sureste.
Consisten en una antigua explotación de yesos de la empresa “Yesos Horna”, de ahí qué se las conozca también como las Lagunas de las Hornas. En 1977 la yesería echó el cierre dejando abandonada la explotación con algunos edificios en ruinas.
En los años 80 los vecinos denuncian la situación insostenible de las mismas, dado qué se había convertido en un vertedero ilegal.
En los 90 el Colectivo Apachas comienza las obras de restauración, limpiando la zona, construyendo una valla de protección, poniendo cajas nido, y realizando plantaciones de encinas, pinos carrascos, almendros o esparto, qué aún se pueden ver hoy. 
Las lagunas de incluyeron en el Catálogo de Embalses y Humedales de la Comunidad de Madrid, y en el Inventario de Zonas Húmedas de España.
En el pasado había 4 lagunas, y actualmente existen 3, sólo 2 de ellas inundadas.
La vegetación de las lagunas está compuesta por un pinar de pino carrasco, encinas, retamas, esparto, y almendros. En la orilla de las lagunas encontramos carrizo, espadaña, juncos, y vegetación de ribera como chopos, y olmos.
La ruta propuesta es una ruta circular desde el Cerro de los Ángeles atravesando el camino de la Cogorrilla, con visita al humedal, y fin en la zona de la basílica del Cerro.
La duración aproximada es de 3 horas y 30 minutos y es de dificultad media, debido a qué a la vuelta nos encontraremos con algo de pendiente a la subida al cerro.

(Ruta circular de 3 horas y 30 minutos de duración, por el Cerro de los Ángeles y las Lagunas de Perales del Río.)
Accesos al Cerro de los Ángeles.
-En coche. Coger la A-4 hasta la salida 13. 23 minutos desde Madrid.
-En autobús. Línea 447: Madrid (Legazpi)-Getafe (Hospital). 18 minutos. Nos tenemos qué bajar en la parada del Polígono Industrial Los Ángeles, y luego cruzar un puente qué cruza la A-4.
-En bici. Desde las estaciones de cercanías de Getafe-Centro y El Casar.
Este es el relato de una ruta qué hice la última semana de Abril de 2015 en Primavera.
Después de bajar del autobús qué me dejó en el Polígono industrial Los Ángeles, crucé el puente sobre la A-4 y en poco tiempo ya me ví rodeado por la gran masa de pino carrasco qué circunda todo el cerro.
Sobrecogía los pocos rayos de sol qué dejaban pasar las tupidas copas de los pinos, y el aparente silencio qué reinaba. Me paré un momento a rastrear con los prismáticos a ver qué primeras especies comenzaba a anotar en mi cuaderno de campo. Las primeras fueron un pequeño grupo de palomas torcaces y dos urracas qué se alimentaban de los restos de una cercana papelera.
Continuando avanzado por el interior de pinar, observé una pequeña ave qué escalaba a toda prisa por el tronco de un pino. Pude comprobar qué se trataba de un agateador común.
Comencé a pegarme a la Calle Calidad qué delimita el Polígono industrial de los Olivos, y al salir de pinar se me cruzó a toda velocidad un mirlo común.
Seguí pegado a la acera de la carretera del polígono industrial, y en ella se arremolinaban un pequeño grupo de gorriones comunes.
Las golondrinas comunes hacían vuelos rasantes por encima de los campos de trigo qué se extendían por la falda del cerro. De entre el tupido trigal apareció una cogujada común, qué se dirigió volando a un olivar cercano.

(En las inmediaciones del Cerro de los Ángeles podemos encontrar formaciones de estepas cerealistas y olivares).
Eran las 4 de la tarde y el sol primaveral comenzaba a hacer de las suyas. Los estorninos negros buscaban como podían las pocas sombras qué había en el entorno cercano, y uno muy atrevido, desafiando el calor reinante, se subió en lo alto de una farola y comenzó a cantar de forma impulsiva.

(Estornino negro. Sturnus unicolor.)
Una gran valla de madera separaba la carretera del polígono con la zona de los campos de trigo, lo qué me permitió disfrutar de unos minutos de reparadora sombra.
Al término de la valla había un desvío qué seguía hacia el pinar del cerro, y aquí comencé a tener dudas de qué camino tenía qué tomar para ir a la zona de las lagunas.
Gracias al gps del móvil pude orientarme, y el mapa me indicaba qué, a escasos metros de la carretera se le unía el Camino de la Cogorrilla, qué era el qué me llevaría al humedal.
Poco antes de tomar el desvío, me paré a observar un triguero qué cantaba melodiosamente sobre un cable de tendido eléctrico.

(Triguero. Miliaria calandra.)
Comencé a andar por el Camino de la Cogorrilla. El trigo estaba tan alto qué no me dí cuenta de qué a escasos metros había una pareja de perdices y me llevé un buen susto cuando salieron volando a toda velocidad a la zona del olivar.

(Perdiz roja. Alectoris rufa).
En los barbechos cercanos a los olivos, correteaban, y jugaban numerosos conejos, algunos de ellos ajenos a mi presencia.
El camino ascendía por una pequeña loma, rodeada por un importante retamal. De una gran retama salió una pequeña ave, rauda como un bólido, qué fue a  posarse sobre las ramas de un olivo.
La primera sorpresa de la ruta, un bello ejemplar de alcaudón común. Especie estival qué comenzaba a llegar a estos medios esteparios qué tanto le gustan para alimentarse de pequeños insectos, reptiles y micromamíferos de los qué están compuesto su dieta.

(Alcaudón común. Lanius senator.)
Después de hacerle una buena sesión de fotos volví a bajar por el camino del olivar. A lo lejos, se veían los chalets de la zona de Perales del Río, y su iglesia. También había unas vistas al pinar de la Marañosa, y a otras zonas del bajo Manzanares.
A lo lejos contemplé una línea de vegetación en medio la árida estepa, qué la delimitaba un pequeña muro de cemento. No había duda, era la entrada a las lagunas de las Hornas.

(La vegetación qué circunda las Lagunas de las Hornas está compuesta por pinos carrascos, encinas, almendros, retamares y espartales).
La entrada no podía tener un aspecto más descuidado y degradado. La valla en muchas zonas o estaba rota o simplemente se la habían llevado. Había una gran acumulación de 
basuras, y dentro del recinto gran cantidad de restos de podas de pino qué no se habían recogido, y se acumulaban de manera caótica.
El sol a estas horas del día caía con justicia, y unos valientes vencejos comunes se aventuraban con el calor reinante a volar en busca de insectos.
Comencé a rodear el pinar para buscar una senda qué parecía qué me llevaría a la primera laguna. De entre una zona de esparto salieron volando unos cuantos jilgueros asustados por mi presencia.
La soledad del lugar me sobrecogía. En un claro del pinar me paré a oír el canto de las aves del humedal. Primero oí a los abejarucos, qué no logré ver. Posteriormente los  lejanos cantos de carboneros comunes, y algún mirlo.
Lo qué si puedo ver fueron los primeros verdecillos y pinzones vulgares.
Tras unos minutos de caminata me encontré la primera laguna. Una cubeta en una zona de yesos, donde había una gran cantidad de madrigueras de conejo.
La laguna está muy por debajo de los taludes de yeso, y apenas tiene una mínima lámina de agua, solo reconocible por la línea del carrizo. En un árbol de ramas secas, se balancea una caja nido muy deteriorada, reflejo de las antiguas medidas de protección y aspecto del abandono actual del lugar.
Continué por una pequeña vereda y fuí descendiendo a la segunda laguna. Aquí la valla tenía mejor aspecto y no estaba deteriorada.
Poco a poco me fue rodeando una línea de vegetación de ribera con chopos, y olmos.
Del interior de la laguna salieron volando una pareja de ánades reales.
Esta laguna tenía mejor aspecto en cuanto a cantidad de agua y vegetación, pero era un falso espejismo ya qué tras varios minutos esperando ver alguna especie de ave, el lugar era una especie de desierto biológico. Se respiraba en el ambiente la falta de vida, y lo degradado del entorno. Esta sensación de falta de vida sólo fue rota por la aparición de un galápago leproso qué descansaba tomando el sol sobre una tabla de madera abandonada.
Volví a subir por la vereda y a pocos metros se bifurcaba en dos caminos. El del enfrente llevaba a la entrada sur del humedal, con unas verjas de hierro, y qué daba a la carretera a Perales del Río. La otra se adentraba en otro pinar, y me llamó la atención unos contenedores de basura con el logotipo del ayuntamiento de Getafe, así como unos bancos de parque para sentarse.
Al llegar a un claro del pinar me encontré una mesa de madera y sobre ella, los restos de una caja nido. Seguramente era una de las últimas charlas medioambientales qué se dieron, y la imagen no podía resumir mejor el estado de abandono de las lagunas.

(Esta imagen expresa de la mejor la manera el estado de abandono al qué están sometidas las lagunas y su entorno.)
Continué caminando hasta llegar a un talud qué delimitaba la laguna más grande del espacio. Está era la qué tenía mejora aspecto de todas. Un buen nivel de agua, y una buena masa de carrizo rodeada por una línea de árboles, pero como las anteriores con la misma ausencia de vida animada.
Antes de abandonar el lugar apareció nadando una hembra de porrón europeo qué chocaba su presencia en aquel lugar. Contemplando esta escena reflexioné sobre lo paradójico de estas lagunas. Un sitio tan abandonado a su suerte, pero qué con una mínima restauración medioambiental podría tener un enorme potencial natural en poco tiempo. Desde aquí hago un llamamiento al ayuntamiento de Getafe para qué ponga cartas en el asunto para restaurar este lugar catalogado como humedal protegido.

(Actualmente de las 4 antiguas lagunas sólo quedan 2, y esta es la única qué está en mejor en mejor estado de conservación).
Después de este regusto agridulce volví sobre mis pasos para salir de las lagunas y volver a subir por el Camino de la Cogorrilla.

(Vistas del Cerro de los Ángeles desde el camino de la Cogorrilla.)
Por el cielo, volando muy alto, pasaron dos cigüeñas blancas qué iban en dirección al vertedero de Valdemingómez.
Antes de cruzar la valla, a modo de despedida, apareció volando un pito real qué se perdió raudo y veloz en una de las lagunas.
A la altura del olivar, hice una parada para ver si podía apuntar alguna especie nueva para la lista, y conseguí ver con los prismáticos una abubilla.
A la salida de la carretera del polígono nueva parada en la sombra qué hacía la valla, y allí me entretuve fotografiando un verdecillo qué cantaba con fuerza en lo alto de un ciprés de gran porte.

(Verdecillo. Serinus serinus.)
En el camino qué llevaba de nuevo al cerro, había un pequeño charco formado por las rodadas de los vehículos. Tras la valla decidí hacer una espera para fotografiar los pequeños pajarillos qué bajaban a beber al charco.
Primero fue el turno de los gorriones comunes, luego pasaron jilgueros, verdecillos para acabar con un simpático pardillo común.

(Pardillo común. Carduelis cannabina).
Poco a poco iba dejando atrás la zona de los campos de trigo para otra vez penetrar en el bosque de pinos.
Nuevamente se me cruzó una abubilla, y tras esta comencé a escuchar cantar pequeños pajarillos.
Tomé una vereda qué me llevaría a la basílica. El silencio y la poca claridad lo ocupaban todo y me era difícil ver alguna especie nueva.
Decidí hacer una espera tras un gran pino y la primera víctima fue un macho de pinzón vulgar.
Continué subiendo por la vereda y apareció una especie qué al principio no distinguí. Tras una rápida consulta a la guía de aves, hizo su aparición la segunda sorpresa del día, un papamoscas gris. Contento por este hallazgo, sin solución de continuidad, me topé con otro papamoscas, pero en este caso se trataba de una hembra de papamoscas cerrojillo.
Mis gemelos ya comenzaban a notar la subida de la pendiente, y me paré un rato a tomar un poco de aire y agua y disfrutar de las magníficas vistas qué me brindaba el cerro. A lo lejos el cerro Cabeza Fuerte de Pinto, y los pinares de la Marañosa de San Martín de la Vega.

(Vistas del Cerro Cabeza Fuerte, Pinto, desde las faldas del Cerro de los Ángeles).
Después de unos minutos de subida por fin llegué a la entrada a la basílica. A lo lejos sobre una valle metálica había dos estorninos posados y justo entre ellos había un gorrión molinero.
Decidí inspeccionar la zona de las raíces de los grandes cipreses qué rodeaban la iglesia en búsqueda de egagrópilas de búho chico qué me llevasen tras sus pistas, pero no hubo suerte. Me tuve qué conformar con ver una lagartija ibérica. Luego probé por los pinares de la basílica con el mismo resultado negativo.
Decepcionado por el enésimo intento fallido a los búhos chicos, decidí ir a un lugar qué ya me conocía y donde se posaban los piquituertos, y una vez más, estos no me fallaron. Aparecieron pertrechados sobre un gran ciprés, pero no me dio tiempo a fotografiarlos.
Entonces decidí hacer una espera en un pequeño charco qué había junto a una acera a ver si bajaban a beber. Me escondí detrás del tronco de un gran ciprés, y preparé la cámara dispuesto a hacer una buena secuencia de fotos.
Primero se mostraban desconfiados, pero poco a poco fueron perdiendo su miedo y comenzaron a bajar primero los jilgueros, y seguidamente los verdecillos.

(Jilguero. Carduelis carduelis).
Un bonito ejemplar de verderón común bajó a darse un reconfortante baño.
Luego bajaron un grupo de verdecillos y otros pájaros qué no logré distinguir por la distancia, así qué decidí hacerles una foto. Cuando me puse a verlas, me di cuenta de qué eran de nuevo los piquituertos.

(Verderón común. Carduelis chloris y piquituertos. Loxia curvirostra).
Como había un continuo trasiego de ciclistas y coches decidí abandonar el charco y hacer otro intento a los piquis, esta vez a la entrada de la basílica qué había menos 
gente. Y allí una vez más, en lo alto de copa de un árbol, había uno posado, qué me facilitó el hacerle unas fotos.

(Piquituerto. Loxia curvirostra),
El tiempo de la estancia se me acaba, y debía empezar a descender si quería coger a la hora, el autobús de vuelta a Madrid, así qué decidí bajar por la zona de los búnkeres de la Guerra Civil por si salía algo interesante. Antes de llegar a la zona de los merenderos y coger el camino a la parada del bus, un inquieto carbonero garrapinos, cerraba la lista de especies avistadas en esta jornada tan interesante.
¡A qué esperáis para colgaros vuestra cámara de fotos y los prismáticos y disfrutar de esta lugar tan interesante!.
¡Felices avistamientos!.
© Rafita Almenilla.
Para concluir añado la lista de especies avistadas durante la ruta.
FAUNA DEL CERRO DE LOS ANGELES Y LAGUNAS DE LAS HORNAS






AVES
REPTILES
MAMIFEROS








Abubilla
Galápago leproso
Conejo



Agateador común
Lagartija ibérica




Alcaudón común





Anade real





Carbonero garrapinos





Cigüeña blanca





Cogujada común





Estornino negro





Golondrina común





Gorrión común





Gorrión molinero





Jilguero





Mirlo común





Paloma torcaz





Papamoscas cerrojillo





Papamoscas gris





Pardillo común





Perdiz roja





Pinzón vulgar





Piquituerto





Pito real





Porrón europeo





Triguero





Urraca





Vencejo común





Verdecillo





Verderón común







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